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LAS FLORES DEL PARAÍSO 2025
 

TEXTO CURATORIAL ESCRITO POR OMAR-PASCUAL CASTILLO

Omar-Pascual Castillo (La Habana, Cuba, 1971), crítico, comisario, editor y experto en arte periférico.

 

LAS FLORES DEL PARAÍSO - Una exposición de Adriana Berges y Jorge García.

 

Acercarnos actualmente desde las prácticas artísticas a cómo comprendemos los registros florales como quien observa un espacio donde la naturaleza se manifiesta en su mayor esplendor, aquello que denominábamos “naturalezas muertas o bodegones”, es un recurso que pudiera resultar evasivo, esquivo, incluso distractivo podría decirse, para desconcentrarnos de lo que realmente importa, el vivir intensamente en esta sociedad paliativa y comunitaria, sectaria, estaría más bien decir, en tanto que cada día es más extrema en sus nociones de clasismo y sus tintes socio-racistas, o deberíamos argüir tinten socio-páticos quizás.
A no ser que esa aproximación venga perfilada por una mirada crítica hacia cómo concebimos la flor como un elemento significante que dota a su representación como engañoso signo amatorio, pues sobre sexualidad y reproducción vegetal, va su existencia. Este apunte dota a la flor de una nueva condición de la que ahora somos conscientes, de su estatus de carnada, de trampa botánica donde la seducción media; y esa realidad la trasmuta en otra cosa, en artefacto estético natural que con su belleza nos subyuga.


Para indagar como convivimos con otra subyugación, la que tenemos ante el uso casi obligatorio de las pantallas, la pintura de la artista madrileña Adriana Berges se enfrenta al hecho pictórico cuestionando las nuevas nociones que tenemos ante el color y su uso como signo detonante del lenguaje visual, ahora que todas nuestras miradas están retro-iluminadas por la planimetría refractaria de lo digital. Tras años de búsquedas y estudios sobre cómo nos ha afectado este supuesto avance tecnológico, y tras años de residencia en el nórdico paisaje noruego, estas investigaciones culminaron en una tesis de doctorado que le valió a la artista un prestigioso Cum Laude; después del cual, Adriana ha podido regresar a la pintura desde una mirada más amable, relajada, volvió a la pintura de una manera disfrutona, sin responsabilidades discursivas, ni florituras formalistas, aunque -curiosamente- pintando flores. Flores abstraídas, fragmentadas por una mirada pictórica que la elegido como experiencia placentera, como utópico registro de un jardín ideal, un jardín nostálgico que replica las memorias fractales de los fríos paisajes norteños, evocados desde la calidez madrileña, ahora.


Una calidez madrileña que el artista capitalino Jorge García, igual conoce al dedillo, y por eso, la enfría. La artificializa exageradamente, casi barroquizándola en sus post-industriales y ultrasintéticas obras foto-objetuales. Ya sé que suena raro, pero es que eso es lo que hace, cuando el madrileño metaliza la mirada en un espejeante rosado que la invade y luego lo entinta con impresiones fotográficas de alto contrate, de flores secas, cactus o cardos. Donde la belleza rosa, de ese color que todo lo ablanda o añoña y que tan de moda ha puesto el nuevo arte millenials, es invadida gráficamente por imágenes espinosas que nos hieren la retina. Como si García pretendiera industrializar el reflejo de nosotros mismos, recordándonos que todo se marchita, todo desaparece, todo muere, o lo contrario, bello tú mientras la muerte te rodea o te brota de dentro, porque el humano es un animal vírico, expansivo, tóxico. Así como tóxico es el chillón y violento color fucsia de sus alambradas, sus yaquis de metal, que imitan pequeñas miniaturas de esas estructuras metálicas y de madera de grandes dimensiones que se usan para obstaculizar las tropas de tierra de las guerras convencionales, esas mismas que están a punto de desaparecer desplazadas por la guerra panhumana de las máquinas. Esta vez, cuidando nuestro espacio interior, hogareño, doméstico, nuestro soñado jardín de esculturas violentas, bellas pero dañinas si te descuidas ante sus filosos pétalos y pistilos metálicos. Y puede que ambas miradas completen un jardín imaginario de un mañana post- apocalíptico, en el cual una nueva era arqueológica, queda inaugurada con esta entrega, la entrega de otra ofrenda, otro jardín imposible, como imposible siempre es soñar con nuestras “flores del paraíso”.


Omar-Pascual Castillo

Comisario

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