Del lienzo a la escritura

May 6, 2016

Es llamativa la obsesión que ha habido a lo largo de la historia del arte por pintar trenes, estaciones, vías… Monet encontró en el vapor de las locomotoras de la estación de Saint-Lazare unas nubes irisadas con las que llenar todo el lienzo de color; William Turner vio en esa lluvia, vapor y velocidad del ferrocarril del Oeste en su paso por el Támesis una imagen romántica y etérea de la industrialización de su época; Umberto Boccioni cantó a esa “belleza de la velocidad” y al “entusiástico fervor” con el caótico movimiento del tren marchándose y dejando asomar las despedidas de los que se iban y los desconsuelos de los que se quedaban.

 Siempre he pensado que un viaje en tren guarda un aura de quietud y calma dentro del constante movimiento que favorece la inspiración y abstracción con uno mismo.

Creo compartir opinión con Adriana M. Berges (Madrid, 1992), quien no sólo ha encontrado siempre esa dulce calma y su numen artístico en sus viajes en tren; sino que considera el ferrocarril y el metro como su segunda casa. Quizás no sea el metro el lugar más sosegado, pues parece que los flâneurs de los que hablaba Walter Benjamin que paseaban tortugas por los boulevards de París han pasado a ser corredores de fondo que van con el tiempo a cuestas. No obstante, Adriana ve todos estos medios ferrocarriles y subterráneos como espacios naturales y cotidianos, espacios de tránsito.
Se define “tránsito” como la “acción de pasar de un lugar a otro a través de vías o parajes públicos”. El tránsito es paso, es movimiento, es camino. Pero también es un cambio, un proceso, una evolución, una idea. Y todo ello hacia un destino, un objetivo, un término. Así que es este tránsito el eje denominador de esta exposición. Un tránsito entre el punto de salida y el de llegada, entre dos estaciones, entre el comienzo de una idea y su plasmación en el papel, entre la primera lectura y la conclusión final, entre el lienzo y la escritura. 

 

 

Porque es el tránsito de un viaje, de un proyecto, de una idea, lo que verdaderamente vivimos y aprovechamos, de lo que aprendemos. Adriana quiere mostrar el camino que le ha llevado a su pintura –y lo que le llevará al término de su trabajo de investigación teórico–, no solo con el resultado final, que todos podemos ver, sino con su evolución y su tránsito hasta ese cuadro definitivo.
Así vemos en ese proceso de fotografía, encuadre, apuntes y bocetos la importancia de la composición
centrada, del dibujo y la línea, de la luz, de los puntos de fuga –dirigidos también hacia ese destino. Una pintura en maduración que relee la importancia del tiempo y del respeto, de la prolijidad y la minuciosidad del detalle de los espacios urbanos de Antonio López o Gustavo Díaz Sosa.
Un tiempo que en estos espacios se condensa, acaba siendo relativo de la manera más subjetiva. Esperas, tardanzas, trenes que se escapan, trenes que no llegan… Uno acaba olvidando el mundo y el tiempo general, fijándose únicamente en su tiempo, en su viaje. Todos esos viajeros subterráneos que nos rodean y parecen acompañar, desaparecen. Así los elimina Adriana, mostrando sus memorias de tránsito vacías, viajando sola.
Y en ese tránsito, de artista a comisaria, del lienzo al papel, de las pinceladas a las letras, nos muestra una vuelta de hoja a La palabra pintada de Tom Wolfe, o quizás una constatación, ya que el tren va y viene entre estos dos procesos, Adriana nos invita a conocer su viaje, su maduración y su aprendizaje. A disfrutar y aprender de él, dejando un poco de lado ese objetivo ya terminado.
Aunque no por ello vamos a dejar de disfrutar de la apacible e imperturbable estación de Atocha
encapotada, ni de ese óleo táctil que huele a lluvia… Les deseamos, buen viaje.

 


Laura Jiménez Izquierdo
15 de abril de 2016

 

 

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